Un ciego con pistola de Chester Himes

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Un ciego con pistola de Chester Himes es un libro, que aunque de novela negra, es un retrato profundo y desgarrado del barrio de Harlem en Nueva York por los años 80. A modo de breve sinopsis nada descriptiva:

Calle 119, Harlem, Nueva York. Una antigua casa en ruinas comienza a levantar sospechas cuando alguien sustituye el cartel de la funeraria que la ocupaba por otro que solicita mujeres fértiles. Nada fuera de lo corriente, excepto por las misteriosas monjas que merodean el lugar y las tres tumbas halladas en el sótano…

Un ciego con una pistola de Chester Himes, como relata Herme Cerezo, es un clásico, una sucesión de flahes de un Harlem vivo. ‘Un ciego con una pistola’ es una novela de género pero que se sale de lo usual. Si quieren que les diga la verdad, a mí la trama policial de esta obra me ha importado tres pimientos y medio. No radica ahí su calidad. Y ¿por qué no? Pues por la sencilla razón, de que no es sino un elemento más de ella. El verdadero protagonista y el verdadero hilo argumental a la vez, es Harlem, un Harlem vivo, retratado a través de sus habitantes negros, de sus pensamientos sobre los blancos y de su modo de relacionarse con ellos. Harlem, el barrio afroamericano limitado por la calle 96 al sur, la Quinta Avenida y el río Hudson al oeste y la calle 155 al norte, junto con el río Harlem.

‘Un ciego con una pistola’ presenta dos protagonistas “oficiales”, dos habituales en la carrera literaria de Himes: Coffin Ed Johnson y Grave Digger Jones, o lo que es lo mismo, Ataúd Johnson y Sepulturero Jones. Dos policías negros. Y en Harlem. Pero en el texto, Johson y Jones no son sino el hilo que une los sucesivos flashes de la novela. Sí, actúan de policías, interrogan, detienen, reparten algún mamporro que otro, coaccionan a los sospechosos, algo nada nuevo en el género, pero su función como tales es irrelevante. Es mucho más rica su posición con respecto a su superior, un blanco llamado Anderson, y sus relaciones con sus propios compañeros de raza. Los diálogos de los dos detectives con Anderson constituyen auténticos tiroteos verbales: ¡bang!, ¡ziuuu!, ¡bang! Su jefe es ante todo método policial, sistemático. Ataúd Johnson y Sepulturero Jones no. Ellos representan la praxis. Ellos son la policía de campo. Ellos son la policía de la calle. Por eso cada orden que reciben la ponen en duda mediante palabras cargadas de razón, irónicas, ciertas, incontestables. Y lo más curioso es que su actitud, la de los polis negros, viene avalada por los acontecimientos que se suceden y que no cesan de trabar la acción policial. Es el choque brutal entre realidad y teoría, entre manual y práctica, entre despacho y calle.

No tiene nada de despedicio esta pequeña joya de la narrariva americana actual, y aunque no lo pone nada fácil, disfrutas con cada pincelada.

 

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