Nabil (reeditado)

Nabil (*)

Nabil muestra el pelo ensortijado que lo hace más joven y alegre que la edad que tiene. Siempre habla muy deprisa con sus ojos negros. Se expresa con tal seguridad que tienes que creer cada palabra que dice porque es persuasiva y subyugante. Nabil es un raro seductor con la palabra, a pesar de comunicarse en un idioma diferente al suyo propio. Le observo atentamente mientras habla y descubro que entre sus manos atesora su único equipaje. Un pequeño libro envuelto en un ajustado estuche con cremallera. La palidez del estuche azul desgastada por el uso me recuerda aquellos plumiers que abríamos cientos de veces cuando éramos niños, que al final acababan rompiéndose; el mío recuerdo que era de un color rojo intenso, también recuerdo que siempre me gustó aquel estuche para las pinturas Alpino porque me permitía esconder mis grandes secretos. Ahora me pregunto si los niños y las niñas utilizan aquellas pinturas Alpino para dar color a sus mundos de fantasías; aunque supongo que en la actualidad utilizarán otras. Vuelvo de estos recuerdos lejanos y me encuentro de nuevo hablando con Nabil de algunas pequeñas cosas que poco a poco se van convirtiendo en más trascendentes. Casi de repente, al hilo de la conversación, me muestra que este pequeño estuche contiene “su” Corán. Me dice que yo no puedo tocarlo porque no estoy purificado, lo cual me sorprende de nuevo por su certeza y por la afirmación tan categórica que manifiesta, incluso en compañía de un extraño. Trato de entender la convicción de sus palabras que transmiten su peculiar sensibilidad, sus creencias y cierto pudor. Con todo lo que está ocurriendo ahora me doy cuenta de que las palabras tienen un significado: algunos objetos conservan un rito en sí mismos, a los que se debe estar muy atentos para descubrirlo. Los pensamientos fluyen libremente, así me resulta inconcebible pensar en una actriz o en un actor que cambiase todos los días sus objetos para la escena que repite cada día, se haría un verdadero lío, perdería la concentración y sería un desastre. Así los objetos, las pequeñas cosas, nuestros libros, aquel bolígrafo que utilizamos para los exámenes que nos trae suerte, la carta que nos envió ella y que conserva aún su perfume,… y tantas pequeñas cosas que son tan importantes para cada uno de nosotros, pero a medida que discurren los días y la vorágine de nuestra cotidianeidad pierden un poquito el valor que realmente poseen. Ya sé que este pequeño Corán es un objeto religioso que puede tener múltiples connotaciones. Lo que de verdad me importa es cómo Nabil lo carga de sentido y significación, para él es algo muy importante, mientras que para mí u otra persona es tan sólo un Corán como otro cualquiera. Me gusta percibir cómo para algunas personas los objetos pueden tener alma (no quiero caer en el panteismo o en el animismo), pera las cosas pueden tener un significado y un sentido especial. Algunas veces yo me apego mucho a las cosas porque me recuerdan a personas concretas, ciertos viajes o momentos entrañables. Para mí, ese objeto ya no es el mismo a aquel otro similar comprado en la misma tienda, resulta algo distinto, le tengo un cariño especial. No lo puedo evitar.

Podría continuar reflexionando sobre algunas ideas de religión o sobre el islamismo, como seguí dialogando con Nabil, pero ya hablaré de ello en otro momento a solas contigo.

(*) Todos estos relatos han sido revisados y corregidos algunos matices en esta segunda versión.

Publicado el 2 de noviembre 2012.

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