15. Camino de Santiago Revisited: Carrión de los Condes-Sahagún de Campos (revisited)

Publicada 15 Agosto 2012

Día 15 de Agosto, 1997 (14ª Etapa)

Carrión de los Condes-Sahagún de Campos (37 Kms.)

Volvimos a madrugar, creo que un pelín más que ayer; parece como si estuviésemos haciendo una competición para levantarnos cada vez más pronto. Emprendemos las rutinas de todos los días y nos ponemos en marcha cuando aún no ha roto el alba. Parece como si tuviésemos ansias por andar. La salida es atravesando todo el casco urbano, cruzando el río por el mismo camino que ayer nos condujo al Monasterio de San Zoilo que dejamos a nuestra izquierda, por una recta de prados bordeando la carretera. Pasamos por encima de la N-120, hoy conocida como la autovía del Camino. Transitamos por una vía bastante estrecha y descuidada marcada por mojones antiguos que tienden a confundir más que ayudar. Pasamos cerca de una antigua abadía que nos adentra en una pista que finaliza 11 kilómetros más allá con piedrecillas que hacen incómodo el caminar, aunque queda compensado con la tranquilidad de este leve paseo. Divisamos una encina, pero aún nos queda media hora hasta llegar a Calzadilla de la Cueza, al que entramos por el cementerio. Hacemos una buena pausa para tomar unos bocadillos y descansar un poco de los 16 kilómetros que nos hemos metido ‘entre pecho y espalda’ sin apenas detenernos. Volvemos a salir a esta planicie para continuar la andadura. Dejamos a nuestra izquierda los vestigios de un antiguo hospital de peregrinos abandonado y nos desviamos a la derecha para tomar una nueva pista que conduce a Terradillo de los Templarios, nombre que nos retrotrae a tiempos pasados donde los haya. Volvemos a cruzar un arroyuelo, en el día de hoy cruzaremos 8 puentes entre ríos y arroyos. Dejamos la provincia de Palencia y nos adentramos en la de León por unos caminos de labranza que me recuerdan mi tierra, Manganeses de la Lampreana. Tan sólo recordar que Sahagún de Campos pertenece a la tierra de Campos que se dividió en el siglo XIX entre las provincias de León, Zamora, Valladolid y Palencia y que su capital natural era Medina de Rioseco. Lo dicho, los caminos que transitamos me resultan muy familiares y conocidos. Cuando ya divisamos Sahagún me da una lipotimia. A partir de aquí todas las sensaciones del viaje en el relato Lipotimia. He de decir también que de nuestro libro de ruta hicimos dos etapas, la 20ª y 21ª con indicaciones de 4 horas y 5.15 horas para cada, una en un solo día, ¡un palizón!

 

Lipotimia

Nadie sabe lo que es una lipotimia hasta que no la has pasado en tu propio cuerpo. No puedes dar un paso. No tienes fuerza para nada. El cuerpo no te responde y se te va la cabeza. Es como si estuvieses en una nube a merced de todo sin ninguna voluntad. La única vez que lo sentí fue precisamente haciendo el Camino de Santiago después de haber hecho más de cuatrocientos kilómetros y 37 kilómetros en el día. No sé muy bien cómo sucedió pero sí porqué sucedió. Aquel día nos habíamos levantado más pronto de lo habitual, no sé si serían las cuatro o las cuatro y media, en cualquier caso, mucho antes de lo habitual. Hicimos muchos kilómetros, el segundo día que más. En tercer lugar, el camino fue irregular en todo momento, la mayor parte por pedregales y baches. Aunque almorcé un buen bocadillo, en los últimos kilómetros no me hidraté lo suficiente, ni beber ni remojarme; la verdad es que no recuerdo tener sensación de sed. Y por último, a partir de las once hacía mucho calor y no había sombras donde guarecerse. Todo junto y a la vez dio lugar a esta sensación nueva y extraña que me sorprendió mucho. Ya divisábamos Sahagún de Campos, estaba a apenas dos kilómetros. Me senté debajo de la sombra del único árbol que se encontraba por los alrededores y ya no me pude levantar. Me entró un profundo mareo que no llegó a desvanecerme, pero casi. No podía abrir los ojos porque todo me daba vueltas. Me tumbé sobre la mochila porque no era capaz de retirármela, hasta que me ayudaron. No sé el tiempo que permanecí así, pero recuerdo que me vino un sudor muy frío a pesar del calor que me empapó toda la ropa. Oía que hablaban a mi alrededor pero no entendía nada ni quienes estaban. Me dieron un poquito de agua que apenas podía beber con leves sorbos; parece que esto calmó un poco todas las sensaciones dramáticas que estaba experimentando. Parecía como si poco a poco volviese a la realidad; pero como ya he dicho sin controlar para nada el tiempo, no sabía si llevaba mucho o poco tiempo en esta situación. Después de beber un poco más de agua me intentaron dar algo de comer pero no me entraba nada. Me dieron un caramelo o una pastilla de glucosa, eso me dijeron después, para ver si recuperaba porque ellos también se asustaron un poco. Alguien trajo también una bebida isotónica que me la hicieron beber poco a poco. Y todo esto debajo de un árbol, con un sol de justicia y todos a mi alrededor también muy cansados y deseando deshacerse de las mochilas, pero estuvieron ahí en todo momento. Este es uno de los mejores ejemplos del buen Espíritu del Camino. Cuando ya iba recuperándome un poco, lo sentía sobre todo porque ya no sentía el sudor frío, me reincorporé un poco sobre el tronco del árbol pero no podía más. Ya podía abrir los ojos y ver el guirigay que había montado a mi alrededor. Bebí un poco más, me dieron un poco de chocolate y una galleta de estas multicereales. Parecía que estaba recobrando las fuerzas, pero seguía sin fuerzas. Ya podía articular palabras y trataba de explicarles a los allí congregados cómo me sentía: no muy bien. Lo que sí empecé a decir que la gente se fuese yendo al refugio o albergue. La mayoría al verme un poco mejor me hizo caso y me dijeron que se iban para guardarme sitio. Yo no sabía si llegaría. Después de un buen rato me pude poner de pie e intenté dar unos pasos; las fuerzas me flaqueaban y lo que no podría bajo ningún concepto era coger la mochila. Llevaron la mochila entre dos, mientras yo me iba apoyando en la vara que nunca mejor servicio me hizo en todo el Camino. Apenas quedaban dos kilómetros para llegar, y me tuve que parar tres veces para hacer un descanso y poder continuar para llegar al albergue que hoy estaba en un edificio rehabilitado. Como me habían anticipado los que se adelantaron, me habían reservado una cama para hoy. Alguien hizo los trámites habituales por mi y me llevaron a la cama que estaba en una nave corrida, no eran habitaciones pero el conjunto era agradable. Me tumbé en la cama sin ánimos para asearme después de toda la sudada, ni comer. Además tenía una sensación desagradable de que hasta aquí habíamos llegado, que no podría continuar el Camino. La sensación era cierta porque no había podido ni con la mochila en el último trecho, y además me había detenido a descansar varias veces con la sensación de desfondamiento total. Los compañeros y amigos me dejaron descansar pero no pensar porque cada poco: que si uno me traía agua, que si otro una bebida isotónica, que si otro unas galletitas, que si otros venían a preguntarme cómo me encontraba, otros hacían alguna broma de lo que habíamos vivido hoy, otros me recordaban otros días, otros a darme ánimos y todos con la misma cantinela cuando yo les anunciaba que no podía más, que hasta aquí había llegado: “Bueno, tú descansa ahora, y ya veremos mañana”. Yo tenía la tranquilidad de que llegar a Santiago de Compostela no era el objetivo último del Camino, que no me lo había marcado como una meta ineludible. Había iniciado el Camino con la vocación de llegar hasta donde pudiese. Así que no tenía una sensación de fracaso, sí algo de frustración, pero con la sensación de haber disfrutado todo mucho Me adormilé y tuve una buena siesta. Cuando abrí los ojos debían ser las siete y alguien me tenía preparada una sopa con algo de fruta para recuperar fuerzas. Me sentó muy bien. Me reincorporé y lo primero que hice fue darme una ducha que me sentó a las mil maravillas. Me estaban esperando abajo para ver como me encontraba. La verdad es que estaba recuperando fuerza, pero ni mucho menos para continuar mañana. Ellos me decían: “¡vale!”, pero con la boca pequeña. Algunos se fueron a dar una vuelta por la villa que yo ya conocía; me recordaba a Inés. Algunos se quedaron conmigo a la entrada del albergue, pero yo no tenía el ánimo de conversación de otros días. Sobre las nueve nos vinieron a informar que había un restaurante al lado que ponían un menú del peregrino muy apetecible. Al principio no quería, pero como estaba cerca consiguieron convencerme para que nos acercásemos y cenar. Nos pusimos en una mesa alargada y al final pedí dos huevos con jamón porque era lo que más me apetecía; me dí cuenta de que prácticamente no había comido y ahora sentía hambre. Le pedí que los huevos estuviesen bien pasados porque no soporto la clara sin hacer y las lonchas de jamón con una vuelta. Parece que comer así, algo tan apetecible con buena compañía me fue animando. Pero yo tampoco las tenía todas conmigo. Les comuniqué que después de dormir, mañana tomaría una decisión. Dormí muy bien y a la mañana siguiente continué con mi grupo. ¡Nunca les estaré lo suficientemente agradecido! Llegué a Santiago de Compostela por ellos, si no me hubiesen cuidado como me cuidaron me habría quedado en Sahagún de Campos. Pero gracias a ellos, todos, ellos y ellas, mi grupo pude finalizar todo el Camino. Por eso sé a ciencia cierta que no terminan el Camino los más fuertes, sino aquellos que tienen las mejores sensaciones, los mejores amigos y las mejores ayudas. Todos hemos tenido a lo largo del Camino nuestra particular “lipotimia”, lo mejor ha sido sabernos sobreponernos a ella, solos o con ayuda. La lipotimia siempre está ahí acechando; lo importante es que no sea paralizante, que no sea como una espada de Damocles que nos impida alcanzar metas mejores. ¡Sólo agradecer a los que estuvieron muy cerca de mi en estos momentos tan duros!

Lipotimia

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