Amantes hasta después de la muerte VII: Abelardo y Eloisa

Amantes hasta después de la muerte VII: Abelardo y Eloisa.

La Edad Media europea propició una liturgia de la muerte que se manifestó –como ya lo hicieron civilizaciones antiguas– en la personalización de las esculturas. Tal vez la historia real más conocida de aquellos siglos sea la de Pedro Abelardo y Eloísa. En el norte de Francia, en el siglo XII, el pensador y teólogo Abelardo –ya célebre entonces– se enamoró de Eloísa, una muchacha más joven que él y a la que había recibido como alumna. Eloísa tenía una considerable formación intelectual y manifestó abiertamente su oposición a la institución matrimonial. Un tío de ella, Fulberto, contrario a tal relación, castró a Abelardo. Cuando este murió, fue enterrado en la escuela del Parácleto, cercana a Troyes, que había fundado. Y allí también reposó el cuerpo de Eloísa cuando falleció años después. En 1817 sus restos fueron trasladados al cementerio parisino de Père Lachaise, abierto en 1804, y en su recuerdo se hizo una capilla funeraria, obra de Alexandre Lenoir.

Abelardo y Eloisa.

Abelardo nació en 1079 en Palais, Alta Bretaña, una aldea próxima a Nantes. Berengario, su padre, era una persona culta e ilustre que supo hacerse cargo de la educación de su hijo y sus hermanos. Siendo muy joven, Abelardo fue destinado a la carrera militar, que luego abandono por su pasión por el estudio. Cultivó todos los saberes de su tiempo, incluyendo la música y el canto. Y fue por el estudio que renunció tanto a su herencia como a su primogenitura. Abelardo, inteligente y tolerante, fue paradójicamente asceta o sensual, según los vaivenes de su corazón. A los 20 años, Abelardo se marchó a París, dedicándose a la filosofía. Estableció una escuela en la colina de Santa Genoveva y a la misma atrajo a una gran multitud de alumnos de los que mereció profundo respeto. Años mas tarde, sus obras De trinitate y su Introducción a la teología, despertarían grandes polémicas y serían condenadas por la Iglesia Romana. Tuvo su primera escuela en Melun y en Corbeil para regresar a los 25 años a París en donde se entregó plenamente al debate filosófico. Abelardo se hizo discípulo de Anselmo para aprender teología. Luego comenzó a debatir con su maestro, al que venció en una discusión pública, quedándose así con todos sus discípulos. La soberbia de Abelardo ase despertó como consecuencia de su constancia en el estudio y su habilidad retórica.

Eloísa, era una bella joven de talento excepcional, sobrina de Fulberto, canónigo de París. Había nacido en 1101 y tenía entonces 17 años. Abelardo, que vivía en casa de Fulberto, sedujo a Elosía bajo el pretexto de cultivar su formación filósofica: “inflamado de amor, busque ocasión de acercarme a Eloísa y en consecuencia, trace mi plan.”, decía Abelardo en una epístola dirigida a uno de sus amigos. Cuando Eloísa quedó embarazada, Aberlardo decidió raptarla para conducirla a Bretaña. Allí, dio a luz un niño en la casa de la hermana de su amante. Pero cuando Abelardo regresó a París, Fulberto lo esperaba para ejecutar su venganza: sus emisarios multilarían sin mas al seductor de su sobrina. Eloísa, sin otra alternativa, tomaría los hábitos en el convento de Argenteuil y Abelardo, ingresaría en el convento de Saint-Denis. Aunque éste, más adelante, abandonaría el claustro para dedicarse nuevamente a la enseñanza y al debate filosófico, aumentando su fama y con ella, la cantidad de seguidores y adversarios.

Abelardo, como consecuencia de sus ideas y discusiones teológicas, fue rechazado por los monjes de Saint-Denis, por lo que se retiró a la diósesis de Troyes donde se comprometió con una vida austera y rigurosa. Allí fundó el oratorio al Paracleto o Espíritu Santo Consolador, del que mas tarde Eloísa fuera abadesa. Durante el Concilio de Sens, en 1140, San Bernando venció a Abelardo en una discusión pública. En consecuencia, fue condenado a cárcel perpetua (sentencia que luego fue conmutada por la clausura en un monasterio). Sin embargo, años después, el abad de Cluny, Pedro el Venerable, logró reconciliar a Bernardo y Abelardo. Abelardo murió en la abadía de San Marcelo, en Chalons-sur-Saone, el 21 de abril de 1142. Tenía por entonces 63 años. En sus últimos años, había abandonado sus ideas heréticas, rechazando el arrianismo y el sabelianismo. Eloísa, reclamó su cuerpo.

Elosía murió en 1163, pero recién en 1808 los restos de ambos amantes fueron depositados juntos en el Museo de monumentos franceses de París. Finalmente en 1817, ambos fueron depositados en una misma tumba, en el cementerio del Pere Lachaise, de la misma capital. En rigor, los arqueólogos cuestionan la autenticidad de los restos. Pero en el terreno de lo legendario, la ficción y la realidad se tejen en una verdad de fe, que vale simplemente por el romanticismo del relato que los que escuchas desean creer. Abelardo y Eloisa, aunque abocados al debate filosófico el uno, o la vida monástica la otra, nunca dejaron de amarse apasionadamente, pensando sin más, el uno en el otro. No pudieron morir juntos, pero protagonizaron la terrible desdicha de un amor imposible que si bien no les dio la felicidad de vivir uno cerca del otro, si les dio la de haberse sabido amados.

El origen de la tragedia

Abelardo conoció a Fulberto, canónigo de la catedral de París, quién reconociendo la capacidad académica de Abelardo, le encargó la educación de su sobrina, recibiéndolo en su propia casa tanto para educarla como para cuidarla. Abelardo gozaba por aquel entonces de una gran fama como maestro brillante y persona digna de confianza. En estas condiciones fue fácil para el apuesto Abelardo seducir a la bella Eloísa, una joven adolescente que combinaba su belleza con una fuerte personalidad y agudeza intelectual que sin duda fueron la perdición de Abelardo. Formaban una pareja perfecta, a pesar de la gran diferencia de edad. Ambos compartían una energía intelectual y gusto por el aprendizaje de las artes aunque el deseo era tan intenso que el aprendizaje no dejaba de ser algo secundario.

En este sentido, Abelardo escribió:

“Bajo el pretexto de estudio pasamos nuestras horas en la felicidad del amor, y el aprendizaje nos dio las oportunidades secretas que nuestra pasión ansiaba. Nuestro discurso fue más de amor que de los libros que se abrían ante nosotros; nuestros besos eran mucho más numerosos que nuestras palabras razonadas.”

Las intenciones originales de Abelardo pronto se vieron abrumadas por sus sentimientos por Eloísa y se vio afectado en su vida normal: empezó a sentirse agobiado en sus estudios, su energía para el aprendizaje se vio mermada, su clases empezaron a perder inspiración, marcado, pronunció conferencias sin inspiración y sus poemas se centraban ahora en el amor. Pronto los estudiantes empezaron a darse cuento y dedujeron que el amor se había apoderado de él, y los rumores de un posible romance entre Abelardo y Eloísa empezaron a correr por París. El único que parecía no enterarse de nada fue Fulberto, cuya ignorancia era fomentada por su confianza en su amada y admirada sobrina.

Pero finalmente Fulberto se enteró. Fue entonces cuando Abelardo escribió:

“¡Oh, cuán grande fue el dolor del tío cuando se enteró de la verdad, y qué amargo fue el dolor de los amantes cuando nos vimos obligados a separarnos!”

La huída

En 1119, cuatro años después de que comenzara la historia de amor entre maestro y discípula, Abelardo y Eloísa tuvieron que separarse. Poco después Eloísa descubrió que estaba embarazada y le hizo llegar la noticia a su amante. Aprovechando una oportunidad en la que Fulberto estaba lejos de casa, la pareja huyó y se refugió con la familia de Abelardo, con la que permanecieron hasta que nació el bebé, al que llamaron Astrolabio.

Abelardo regresó a París, pero el miedo y la incomodidad le impidieron solucionar el problema con Fulberto. La solución no era tan simple. En otros casos se hubiera solucionado con el matrimonio, pero en aquella época no era un solución para los hombres de ciencia, puesto que se consideraba que una mujer y una familia suponían un impedimento para la carrera académica. No en vano, las universidades eran sistemas surgidas de las escuelas catedralicias, y la de París era famosa por sus enseñanzas teológicas. Las perspectivas más brillantes que esperaban a Abelardo residían en la Iglesia, por lo que el matrimonio supondría perder una gran oportunidad.

Para que él no perdiera su reputación y sus oportunidades académicas decidieron celebrar una boda secreta. Eloísa estaba en lo cierto al pensar que su tío no se sentiría satisfecho con un matrimonio secreto. A pesar de que había prometido su discreción, Fulberto vio su orgullo dañado y no guardó silencio, dando a conocer la unión en matrimonio de la pareja. Abelardo envió a su esposa al convento de Argenteuil, donde él había sido educado de niño, para mantenerla segura. Como esto no sería suficiente para evitar que la ira de Fulberto, Abelardo fue un paso más allá, pidiendo que ella usara la vestimenta de las monjas, a excepción del velo que indicaba la emisión de los votos.

La venganza

Fulberto se enfureció y decidió vengarse. Para ello sobornó a dos funcionarios para que permitieran dejar entrar durante la noche a unos atacantes a la habitación en la que Abelardo dormía, y que de este modo pudieran castrarlo. Dos de los atacantes de Abelardo fueron detenidos y obligados a sufrir un destino similar, pero ni esto ni nada podría devolver al erudito lo que había perdido. El brillante filósofo, poeta y profesor que había sido ahora tenía la fama de ser un tipo completamente diferente.

A pesar de que nunca había pensado en convertirse en un monje, Abelardo empezó a pensar en ello. Una vida de reclusión, dedicada a Dios, era la única alternativa que su orgullo le permitiría. Finalmente, ingresó en la orden de los dominicos y entró en la abadía de Saint-Denis.

Pero antes hacer esto, Abelardo convenció a su esposa para que tomara el velo y se convirtiera en monja. Sus amigos les rogaron que consideraran poner fin a su matrimonio para que Eloísa. Al final y al cabo ya no podía ser un matrimonio en el sentido físico, y una anulación habría sido relativamente fácil de obtener. Ella todavía era muy joven, todavía hermosa, y tan brillante como siempre y tendría oportunidades que no podría encontrar en la vida del convento.

abelardo-y-eloisa

Pero Eloísa aceptó la propuesta de Abelardo y se hizo monja, no por amor a Dios, sino por amor hacia él. Aunque sus cuerpos ya no pudieron estar unidos, sus almas siguieron compartiendo un viaje intelectual, emocional y espiritual. Abelardo murió primero. A su muerte Eloísa fue enterrada junto a él y todavía hoy yacen juntos, en lo que sólo podría ser el final de una historia de amor medieval.

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